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Martes, 21 de mayo de 2019
Tribuna Digital
18/11/2017

Rebeliones catalanas (y II)

Miguel Martínez Tomey

Consumada la derrota del forismo aragonés en 1591 la llama secesionista catalana volvería a encenderse en 1640, en el contexto de la guerra de los Treinta Años, cuando Francia entra en el conflicto y la monarquía hispánica se halla desbordada por el coste de mantener a sus ejércitos. La carestía de los productos básicos, los abusos de las tropas estacionadas en Cataluña, las presiones de la monarquía para obtener una mayor participación de los Estados de la Corona de Aragón en el coste de la guerra y en la provisión de tropas y la conflictividad social de toda una Europa en crisis estalló en la sublevación dels segadors. Con la ciudad de Barcelona y varias comarcas de Cataluña dominadas por la furia de los descontentos, la situación escapó rápidamente del control de una Generalitat (presidida entonces por el canónigo Pau Claris) que enseguida se puso a la cabeza de la sublevación. La respuesta represiva que se preparaba desde Madrid llevó al gobierno de la Generalitat a buscar la protección de Francia. En las negociaciones los franceses exigieron que Cataluña cambiase su modo de gobierno al de república como condición para poder poner el territorio bajo la protección del soberano francés. Así se generó la creencia de que tal fue el origen de la vocación republicana de Cataluña que sostienen los sectores independentistas hoy en día. Dicha república duró solo una semana pues la inminente llegada del ejército español a Barcelona obligó a la Generalitat a aceptar una nueva exigencia de Francia: si los catalanes querían ser defendidos por el rey francés deberían reconocerlo como soberano. Y así lo hicieron.

Sea como fuere, el caso es que durante los años de la guerra (que se prolongó hasta 1652) Cataluña se mantuvo de nuevo en la órbita de Francia, de la que tanto había pugnado por separarse ocho siglos antes. Fue una experiencia traumática y agotadora, en la que en poco tiempo los franceses demostraron no ser mejores que los españoles en lo referente a cargas de guerra, violencia sobre la población, impuestos y falta de respeto por las leyes e instituciones de gobierno propias, dejando destrucciones y ruina en un país que, además, perdió parte de su territorio pues el Rosellón, el Conflent, el Vallespir y treinta y tres pueblos de la Cerdaña pasaron a pertenecer (y continúan perteneciendo hoy día) a Francia.

Como consecuencia de lo sucedido, al acabar el conflicto la animadversión hacia Francia y todo lo francés se mantuvo viva en Cataluña y en Aragón -que sufrió durísimamente en su propio suelo las calamidades de la guerra dels Segadors- a lo largo de la segunda mitad del siglo XVII. Pero en tal estado de animosidad el destino se mostró de nuevo desconcertante para los súbditos del rey de Aragón: la conspiración urdida en la corte de Madrid para conseguir que el sucesor de Carlos II fuese un francés (ni más ni menos que Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, el rey francés más odiado y temido por aragoneses y catalanes) sembró de contrariedad y divisiones el tono político e institucional de la Corona de Aragón. Tales tensiones y el triunfo de las armas aliadas en el litoral mediterráneo en las campañas de 1705 y 1706 alinearon a los países de la corona aragonesa en favor del pretendiente austriaco, que juró como rey de Aragón en Zaragoza en julio de 1706. Y una vez más, se encendió en Cataluña la llama de la rebelión existencial, si bien esta vez, por fortuna tan extraña, en defensa de la “verdadera” monarquía española que, con la abolición de los fueros aragoneses y valencianos tras la invasión de estos reinos en 1707 por Felipe V, se asoció definitivamente a la idea político-territorial de España que había existido hasta ese momento. Un “aragonesismo austracista” (así lo definió Ernest Lluch en su estudio sobre la obra de Juan Amor de Soria) que apelaba a los fundamentos y esencias constituyentes “plurinacionales” de la res publica española.

Cataluña, preservada hasta 1714 de su definitiva conquista por las armas borbónicas gracias a su situación geoestratégica litoral (por donde llegaban refuerzos austracistas), alejada de las fronteras de Castilla por la interposición del territorio “tapón” de Aragón y relativamente protegida de Francia por los Pirineos, se convirtió en la última campeona de dicho “verdadero” ser político de España, especialmente cuando los acuerdos previos a la Paz de Utrecht condujeron a la retirada de las tropas aliadas de su suelo. Cataluña, a pesar de todo y contra todo, decidió continuar su obstinada resistencia en solitario. A pesar de las interpretaciones más sesgadas y “presentistas” de todos conocidas, los documentos de la época no dejan lugar a dudas sobre la motivación fundamental que alimentó el ánimo de la resistencia catalana. Baste como ejemplo el pregón que emitió el brazo de los comunes (representantes de aldeas, villas y ciudades, que en Aragón se denominaban “universidades”) el mismo día 11 de septiembre de 1714, fecha de la capitulación de Barcelona, en el que se habla de

tots los mals, ruinas y desolacions que sobrevinguen á nostra comuna y afligida patria, y extermini de tots los honors y privilegis, quedant esclaus amb los demés enganyats espanyols y tots en esclavitud del domini francés; pero com tot se confía, que tots com verdaders fills de la patria, amants de la llibertat, acudirán als llochs senyalats á fi de derramar gloriosament seva sang y vida, per son Rey, per son honor, per la patria y per la llibertat de tota Espanya.

Tras el final de la guerra y el comienzo de la España unitaria y absolutista a la que sucedería el Estado-nación centralista español, el pulso político particularista catalán entró en letargo. La crisis constitucional que dio pie a la revolución cantonalista de 1873 apenas pudo despertarlo, aunque diese ocasión a la proclamación de un Estado catalán dentro de la federación española (proclama no separatista que también se dio en muchos otros territorios, Aragón incluido). Tan moderada pulsión bien pudiera explicarse por el recuerdo del fervor patriótico españolista que animó a miles de entusiastas catalanes (y vascos) a alistarse para luchar en la guerra colonial de África de 1859-60, una empresa de gran interés para la cada vez más próspera y boyante burguesía del país, tan favorecida por la formación del mercado único español y la política arancelaria de los sucesivos gobiernos de la época.

Pero el desasosiego económico y social de principios del siglo XX despertó de nuevo a la “bestia” en 1931, en medio de la efervescencia de las elecciones municipales que dieron paso a la República Española y que Francesc Macià aprovechó para proclamar la República Catalana. A pesar de que el empeño se recondujo hacia el establecimiento de la autonomía catalana, la misma declaración secesionista tendría lugar tres años después por el president Companys como consecuencia de un desacuerdo con Madrid por la ley catalana de contratos de cultivos. En esa ocasión la suspensión de la autonomía catalana se realizó expeditivamente y mediando el cañoneo del mismísimo palacio de la Generalitat.

Y en nuestros días, habiendo transcurrido tantos años, tras una guerra civil y una larga dictadura, ya en plena democracia y con un Estado autonómico que tanto ha contribuido a mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos por todo el país, llegó la gran “sacudida” de nuestra última (pero no para siempre) crisis económica y financiera. Sí, esa que ha socavado tan duramente los fundamentos del estado social que ha garantizado la estabilidad de Europa tras el trauma de las dos últimas guerras mundiales. Esa todavía no superada crisis ha convertido lo que empezó siendo un conflicto político alrededor de la reforma del estatuto de autonomía catalán en un movimiento de masas que clama por la independencia de Cataluña. Una vez más, a pesar de los siglos transcurridos, para una parte muy considerable, tal vez mayoritaria, del pueblo catalán, la puerta de salida a los más serios problemas vuelve a ser la independencia. De nuevo, parecemos atrapados en el tiempo.

Reconozcamos que nos lo tenemos que hacer mirar. Es un fenómeno recurrente, endémico a lo largo de nuestra Historia, y no solo los gobernantes sino toda la sociedad española debería interiorizar la necesidad no de tratar a la ligera nuestra diversidad y sus peculiaridades (y no solo las catalanas o vascas, que quede muy claro). En el caso de Cataluña hemos de ser conscientes de hasta qué punto la perspectiva de “desconectar” del Estado al que se pertenece aflora en el imaginario colectivo del pueblo catalán como una especie de bálsamo de Fierabrás que todo lo cura. En esta ocasión los males que la justifican son básicamente la corrupción, el aumento de las desigualdades, el paro, la explotación y precariedad laboral, el desguace del Estado del bienestar, los deshaucios, las puertas giratoras, el bloqueo a las energías renovables, la baja calidad de la democracia, la preservación de la propia lengua, etc. Es innegable que en la sociedad catalana, cuando las cosas van mal o muy mal aflora rápidamente la idea de que todo puede (¡debe!) ser mejor si uno se deshace del control de un país que no mira como es debido al interés de sus ciudadanos y, colectivamente, al de la propia nación que conforman. Una nación que (y esta tampoco es una cuestión baladí) no es plenamente reconocida en el marco de una España conformada por una pluralidad de identidades de hondas raíces históricas y culturales.

Hacemos mal en ignorar este hecho, toda una enseñanza de la Historia, maestra de la vida, que como los malos estudiantes nos empeñamos en olvidar y despreciar. Del mismo modo que hacen mal los catalanes en utilizarlo para conseguir privilegios y ventajas que no disfruten el resto de los españoles, cosa que -no se engañe nadie- sucedía con mayor intensidad y frecuencia antes de la instauración del Estado de las autonomías. Y también hacen mal en Madrid cuando se acceden a tales pretensiones exclusivas. Pero ante todo, se hace un mal sobre todos los males posibles cuando desde Madrid niegan a llámese Cataluña o llámese a cualquiera de los colectivos, regiones y nacionalidades de España la posibilidad de dialogar sobre aquellas legítimas demandas que, por la evolución de los tiempos y la experiencia, resultan claramente razonables y ventajosas para que podamos prosperar y convivir todos de manera adaptada a los cambios de los tiempos. Con mayor razón cuando tenemos un marco constitucional que sirvió bien a las necesidades de nuestra transición y nuestra joven democracia pero que, para poder servir con eficacia a la sociedad española del siglo XXI, contempla vías que posibilitan -gestionadas por personas que tengan la debida altura de miras y sentido de Estado- su ordenada, paciente y sosegadamente dialogada y pactada reforma.

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Rebeliones catalanas (y II)

Consumata ra redota d’o forismo aragonés en 1591 a flama sezesionista catalana tornareba á enzender-se en 1640, en o contesto d’a guerra d’os Trenta Años, cuan Franzia drenta en o conflito y a monarquía ispanica se troba atosegata por o coste de mantener os suyos exerzitos. A carestía d’os produtos basicos, os abusos d’as tropas acantonatas en Cataluña, as presions d’a monarquía ta otener una mayor partezipazión d’os Estatos d’a Corona d’Aragón en o coste d’a guerra y en a provisión de tropas y a conflitividat sozial de toda una Europa en crisis esclató en a sublevazión dels segadors. Con a ziudat de Barzelona y varias comarcas de Cataluña dominatas por a furia d’os escontentos, a situazión s’eslampó ascape d’o control d’una Generalitat (presidita alabez por o canonche Pau Claris) que deseguida se metió á ra capeza d’a sublevazión. A respuesta represiva que se paraba dende Madrid levó á o gubierno d’a Generalitat á buscar a protezión de Franzia. En as negoziazions os franzeses desichioron que Cataluña cambease o suyo modo de gubierno á o de republica como condizión ta poder meter o territorio baxo ra protezión d’o sobirano franzés. Asinas se cheneró a creyenzia de que tal estió l’orichen d’a vocazión republicana de Cataluña que sustienen os seutors independentistas autuals. Dita republica duró nomás una semana pues a inminén arrivata d’o exerzito español á Barzelona obligó á ra Generalitat á azeutar una nueva desichenzia de Franzia: si os catalans quereban estar esfenditos por o rei franzés eban de reconoxer-lo como sobirano. Y asinas lo fizioron.

Siga como fuese, o causo ye que en os años da guerra (que se prolargó dica 1652)  Cataluña se mantenió de nuevo en a orbita de Franzia, da que tanto eba luitato por espartir-se ueito sieglos antis. Estió una esperenzia traumanica y estronchinadera, en a que en poco tiempo ros franzeses contrimostroron no estar millors que os españols en o referén á cargas de guerra, violencia sobre a poblazión, impuestos y falta de respeto por as leis e instituzions de gubierno propias, dixando destruzions y enruenas en un país que, antimás, perdió parti do suyo territorio pues o Rosellón, o Conflent, o Vallespir y trenta y tres lugars da Zerdaña pasoron á pertenexer (y continan pertenexendo uei día) á Franzia.

Como consecuenzia do suzedito, en rematar o conflito a entena enta Franzia y tot ro franzés se mantenió viva en Cataluña y en Aragón -que sofrió durismamén en o suyo propio suelo as calamidaz da guerra dels Segadors- á ro largo da segunda metat do sielo XVII. Pero en tal estau de terizia o destín samostró de nuevo enarcadero ta ros soxetos do rei dAragón: a conspirazión urdita en a corte de Madrid ta aconsiguir que o suzesor de Carlos II fuese un franzés (ni más ni menos que Felipe dAnjou, nieto de Luis XIV, o rei franzés más odiato y amedrentidero ta aragoneses y catalans) sembró de contrariedat y divisions o tono politico e instituzional da Corona dAragón. Ixas tensions y o trunfo das armas aliatas en o litoral mediterránio en as campañas de 1705 y 1706 alinioron á os países da corona aragonesa en favor do pretendién austriaco, que churó como rei dAragón en Zaragoza en chulio de 1706. Y una begata más senzendió en Cataluña a flama da rebelión esistenzial, si bien ista begata, por fortuna bien estrania, en esfensa da “verdadera” monarquía española que, con a zircunduzión dos fueros aragoneses y valenzianos dimpués da invasión distos reinos en 1707 por Felipe V, se ligó definitivamén á ra ideya politico-territorial dEspaña que eba esistiu dica ixe inte. Un “aragonesismo austrazista” (asinas lo definió Ernest Lluch en o suyo estudeo sobre a obra de Juan Amor de Soria) que apellidaba á os alazez y esenzias constituyens “plurinazionals” da res publica española.

Cataluña, presguardata dica 1714 da suya finitiva conquista por as armas borbonicas grazias á ra suya situazión cheoestratechica litoral (por do plegaban refuerzos austrazistas), alueñata das uegas de Castiella por a interposizión do territorio “buchón” dAragón y relativamén protechita de Franzia por os Pirinés, se convirtió en a zaguera campiona de dito “verdadero” seyer politico dEspaña, espezialmén cuan os alcuerdos previos á ra Paz dUtrecht menoron á ra retirata das tropas aliatas do suyo suelo. Cataluña, á penar de tot y contra tot, dezidió continar a suya zerrina resistenzia en solitario. Á penar das intripitazions más siescatas y “presentistas” de toz conoxitas, os decumentos da epoca no dixan puesto a mica dandalo sobre a motivazión fundamental que refirmó ro animo da resistenzia catalana. Baste nomás como exemplo ro prigón que fazió ro brazo dos comuns (representans de lugars, villas y ziudaz, que en Aragón se denominaban “universidaz”) o mesmo día 11 de setiembre de 1714, calendata da capetulazión de Barzelona, en o que se fabla de

tots los mals, ruinas y desolacions que sobrevinguen á nostra comuna y afligida patria, y extermini de tots los honors y privilegis, quedant esclaus amb los demés enganyats espanyols y tots en esclavitud del domini francés; pero com tot se confía, que tots com verdaders fills de la patria, amants de la llibertat, acudirán als llochs senyalats á fi de derramar gloriosament seva sang y vida, per son Rey, per son honor, per la patria y per la llibertat de tota Espanya.

En rematar a guerra y empezipiar a España unitaria y asolutista á ra que suzedereba o Estato-nazión zentralista español, o pulso politico particularista catalán se sondormió. A crisis constituzional que dio piet á ra revoluzión cantonalista de 1873 no podió revellar-lo guaire, anque fe-se a enchaquia de proclamar un Estato catalán drento da federazión española (proclama no separatista que tamién se dio en muitos atros territorios, Aragón incluyito). Tan moderada pulsión bien podreba esplanicar-se por por a remeranza da delera patriotica españolista que enzurizó á mils dentusiastas catalans (y vascos) á alistar-sen ta luitar en a guerra colonial dAfrica de 1859-1860, una interpresa de gran intrés ta ra cada vez más prospera y enriquita burguesía do país, tan afavorexita por a formazión do mercau unico español y a politica aranzelaria dos suzesivos gubiernos da epoca.

Pero o desasusiego economico y sozial de prenzipios do sieglo XX dispertó de nuevo á ro “bubo” en 1931, en meyo da eferveszenzia das eslizions monezipals que dioron paso á ra Republica Española y que Francesc Macià aproveitó ta proclamar a Republica Catalana. Á penar de que ro intento se reconduzió enta ro establimiento de lautonomía catalana, a mesma declarazión sezesionista se fereba atra begata tres añadas dimpués por o president Companys como consecuenzia de un desalcuerdo con Madrid por a lei catalana dachustes de cautivos. En ixa ocasión a suspensión de lautonomía catalana se reyalizó expeditivamén y en meyando ro cañoneyo do mesmo palazio da Generalitat.

Y en os nuestros días, en abendo transcorritos tantos años, dimpués duna guerra zivil y una larga ditadura, ya en plena democrazia y con un Estato autonomico que tanto ha contrebuyito á amillorar as condizions de vida dos ziudadanos por tot ro país, plegó ro gran “sorollón” da nuestra zaguera (pero no ta cutio) crisis economica y financiera. Sí, ixa que ha escabonau tan duramén os alazez do estau sozial que ha guarenziata ra estabilidat dEuropa dimpués do trauma das dos zagueras guerras mundials. Ixa encara no superata crisis ha convertito ro que enzetó estando un conflito politico arredol do reparo do estatuto dautonomía catalán en un movimiento de masas que clama por a independenzia de Cataluña. Una begata más, á penar dos sieglos transcorritos, ta una parti pro considerable, talmén mayoritaria, do pueblo catalán, a puerta de salida á os más serios problemas torna á estar a independenzia. De nuevo, parixemos atrapaus en o tiempo.

Reconoxcamos que nos lo tenemos que fer mirar. Ye un fenomeno recurrén, endemico á ro largo da nuestra Istoria, y no pas solo os gubernans sino toda ra soziedat española eba dinteriorizar a nezesidat de no tratar á ra guingorria a nuestra diversidat y as suyas peculiaridaz (y no solo que as catalanas u vascas, que quede bien claro). En o caso de Cataluña emos destar consziens de dica qué punto a prespeutiva de “desconeutar” do Estau á que se pertenexe surte en o esmachinario coleutivo do pueblo catalán como una mena de balsamo de Fierabrás que tot lo cura. En ista ocasión os mals que la chustifican son basicamén a corrompizión, o aumento das desigualdaz, o paro, a esplotazión y precariedat laboral, o estabornamiento do Estau do bienestar, os desauzios, as puertas tornadizas, o bloqueyo á ras enerchías renovables, a baxa calidat da democrazia, a preservazión da propia luenga, ez. Ye innegable que en a sociedat catalana, cuan as cosas van mal u muito mal blinca ascape a ideya de que tot puede (¡debe!) estar millor si uno sesfá do control dun Estau que no se mira como ye de dar á ro intrés dos suyos ziudadanos y, coleutivamén, á o da propia nazión que farchan. Una nazión que (y ista tampó no ye una custión baladí) no ye plenamén reconoxita en a bastida duna España aconformata por una pluralidat didentidaz de fundas radizes istoricas y culturals.

Femos mal en inorar iste feito, toda una amostranza da Istoria, mayestra da vida, que como ros malos estudians nos enzenegamos en olvidar y espernir. Da mesma traza que fan mal os catalans en fer-la servir ta aconsiguir previlechios y aventaxas que no espleiten o resto dos españols, cosa que -no sengañe denguno- suzedeba con mayor intensidat y frecuenzia antis da instaurazión do Estau das autonomías. Y tamién en fan mal en Madrid cuan salmiten ixas pretensions esclusivas. Pero más que más, se fa un mal sobre toz os mals posibles cuan desde Madrid refusan á clame-se Cataluña u clame-se cualsiquiera dos coleutivos, rechions y nazionalidaz dEspaña ra posibilidat de dialogar sobre aqueras lechitimas demandas que, por a evoluzión dos tiempos y a esperenzia, resultan esclateramén razonables y ventaxosas ta que podamos prosperar y convivir toz de traza adautata á os cambeos dos tiempos. Con mayor razón cuan tenemos una bastida constituzional que sirvió bien á ras nezesidaz da nuestra transizión y a nuestra choven democrazia pero que, ta poder servir con eficazia á ra soziedat española do sieglo XXI, contempla vías que posibilitan -chestionatas por presonas que tiengan a debita altaria de miras y sentiu dEstau- o suyo ordinatamén, pazién y susegata dialogato y pautato reparo.


* Vicesecretario de Asuntos Europeos de Chunta Aragonesista
10
comentarios
  • 10|Chema dijo
    Pues claro que hacemos mal, muchos se creen que esto de cataluña viene de ahora pero no. La historia demuestra que llevan mucho tieempo queriendo huir de este pais.
  • 9|willy dijo
    Pues que se vayan de una vez! Tantos años queriéndolo... ya es hora de que les dejemos marchar. Si hiciesen un referendum a nivel nacional saldría el SI a la independencia.
  • 8|felipe dijo
    Egoísmo. Eso es lo que mejor les define.
  • 7|ana isabel t dijo
    pero realmente creen que independizandose saldrán definitivamente de la crisis? (Que por cierto, yo si que soy de las que piensa que tenemos más de un pie fuera) Dudo mucho que ellos solitos puedan sostenerse económicamente.
  • 6|loren dijo
    Pero es que es alucinante como los catalanes han aprovechado el último siglo para "cabrearse" con España y, fruto de su cabreo, querer independizarse, como si fuese un capricho sin consecuencias.
  • 5|Diana AB dijo
    Muchos catalanes se quedan con la historia de 1931 y se autroproclaman república, no tienen ni idea. Cada uno coge lo que le interesa de la historia, está claro. Pero ahí la tenemos escrita para conocerla y hablar con conocimiento de causa.
  • 4|Dani Gracia dijo
    Muy bien escritas ambas tribunas, se entiende todo a la perfección. Así que invito a todos a que las lean y aprendan un poquito de la historia de Cataluña para poder hablar con propiedad de todo lo que está pasando actualmente.
  • 3|Gabi dijo
    La historia habla por sí sola.
  • 2|francisco javier iglesias dijo
    Al final lo mejor es que se independicen, lo dice la historia, siempre han querido estar solos: ni Francia ni España. Aunque siempre nos han necesitado, curioso.
  • 1|teresa dijo
    Una republica de una semana pero se les llena la boca diciendo que son republicanos... ni ellos mismos conocen su historia!
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