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Viernes, 18 de octubre de 2019
Tribuna Digital
Francisco Javier Aguirre

30/9/2018

La decadencia de Occidente

Hace un siglo se publicó un libro de gran impacto, cuyas teorías y pronósticos siguen hoy vigentes en términos generales. "La decadencia de Occidente", del filósofo e historiador alemán Oswald Spengler (1880-1936), examinaba la trayectoria de nuestra civilización a partir del Renacimiento y llegaba a conclusiones desalentadoras sobre la continuidad de nuestra cultura y el progreso integral de la sociedad humana. 

La filosofía política de Spengler está dominada por la idea de que Occidente se encuentra abocado a una lucha sin piedad por el dominio del mundo. Acertó de pleno. Otros pensadores del momento, como el inglés Arnold Toynbee, se ocuparon también del asunto, coincidiendo en buena parte de sus predicciones. 

En 1918 había concluido la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra, cuya brutalidad causó espanto y desesperanza en el conjunto de la población, además de provocar un decaimiento espiritual que alimentó dos monstruos emergentes, igualmente fieros, como resultaron ser el nazismo y el comunismo bolchevique. 

A lo largo del siglo transcurrido desde que se publicó el primer volumen del ensayo –hubo un segundo tomo en 1923–, no han dejado de ocurrir sucesos espantosos, tanto de carácter bélico como político, con un claro deterioro social en buena parte del mundo. En la mente de cualquier persona atenta está la relación de guerras, conflictos, enfrentamientos y disparates que nuestra especie ha ido padeciendo a lo largo del planeta, en buena parte originados por lo que podemos denominar geoestratégicamente "Occidente", hasta llegar en la actualidad a una situación realmente insufrible. Es cierto que en el epicentro del panorama –Europa y USA sobre todo– parecen no vivirse problemas acuciantes a escala global, ¿pero no se trata acaso de un espejismo?

Por citar solo uno de los elementos que han ido desencadenando el desastre y provocando nuestra decadencia,  podemos referirnos a la descolonización operada en Asia y África durante el siglo XX. Ha resultado un caos provocado por una gestión nefasta y egoísta de las potencias colonizadoras, cuyas  consecuencias se están padeciendo ahora de forma alarmante, sin que se atisbe claramente un futuro para las migraciones –la punta del iceberg de un conflicto de mayor calado– porque Occidente se encuentra en una situación de declive interno en lo político y en lo social. 

Sobre todo en un declive o desintegración de las conciencias, porque se han perdido los horizontes de humanidad que gobernaban la conducta de las gentes de bien. Hoy los intereses están por encima de las convicciones, incluso las aplastan. Importa el lucro, la ganancia, el triunfo a cualquier precio. También en el plano industrial soportamos fenómenos como el de la obsolescencia programada, el deterioro medioambiental y los continuos vaivenes  financieros que afectan básicamente a las clases medias y trabajadoras. 

El único sector en progreso, con aparente buena salud, es la tecnología, que avanza a pasos sorprendentemente agigantados, pero con el riesgo de un hiperdesarrollo que nos puede conducir a morir del éxito.


* Escritor