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Lunes, 16 de septiembre de 2019
Tribuna Digital
José Carlos Fuertes Rocañín

28/11/2018

A vueltas con la salud mental

Mientras los políticos siguen con sus peleas e incoherencias, y algunos de los más influyentes medios de comunicación con su sensacionalismo, a los ciudadanos se nos advierte por la OCDE de que la “salud mental” es el gran problema de la Europa del siglo XXI.

En un sugestivo e impactante informe, conocido como “Health at a Glance: Europe 2018”, se afirma que, en el año 2016, uno de cada seis habitantes europeos tuvo algún problema de este tipo y que, en el año 2015, cerca de 84.000 personas murieron por esta razón. 

A la luz de los datos, el deterioro de la salud mental de los europeos es imparable y, como se dice coloquialmente, nuestros gestores y líderes sociales, “a por uvas”; es decir, preocupados y ocupados por salir en la foto, proponer sistemas de gobierno novedosos, mirándose el ombligo y dando más pena que gloria.

Además, este alarmante y contrastado informe nos advierte de que el coste directo de los problemas de salud mental en España es del 4,2 del PIB (45.000 millones de euros aproximadamente), cantidad importante. Por último, se nos informa también de que, en España, la enfermedad mental por excelencia es la ansiedad. 

Pero, en mi opinión, poca importancia se les da en nuestro país a los problemas de salud mental. Quizá porque el estigma está muy presente, o porque se sigue percibiendo como enfermedades diferentes y con criterios de tratamiento poco resolutivos o, simplemente, por ignorancia, el peor mal de los males. 

Las enfermedades psíquicas hacen sufrir a muchas personas (al enfermo, a su familia y a veces a la sociedad en su conjunto). Las enfermedades mentales conllevan una carga injusta de incomprensión y rechazo social y son trastornos que se siguen ocultando, “maltratando” y creando sentimientos contradictorios, incluso entre los propios profesionales de la salud. 

Nos guste o no, las alteraciones psiquiátricas son un problema de salud de primer nivel al que se le presta una atención muy precaria. Son enfermos incómodos y poco atractivos para los políticos. Son pacientes complejos en su abordaje para el profesional sanitario. Son enfermos costosos y poco agradecidos para los gestores de la salud, quienes no rentabilizan como desean sus inversiones. Son personas, también, por qué no decirlo, difíciles para familiares que ven cómo sus esfuerzos muchas veces caen en el baúl del olvido.

Pero, a pesar de todo, son enfermos que no se merecen su dolencia. Son seres humanos que sufren de forma intensa, además de una enfermedad, una soledad y una incomprensión injusta y cruel. Son enfermos que, con tratamientos y recursos adecuados, pueden mejorar y aliviar su padecer. 

No se trata de pedir caridad. Solo abogamos por la aplicación de justicia para unas personas que no tienen ninguna culpa de sufrir estas peculiares formas de enfermar y que son también ciudadanos como los demás. 

Recuerden, la línea que separa la salud de la enfermedad mental es una línea frágil, quebradiza y que en cualquier momento podemos traspasar. No presuma y, mucho menos, lo olvide. 


*Médico Psiquiatra y Vicepresidente de la Sociedad Aragonesa de Psiquiatría Legal y Ciencias Forenses