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Domingo, 18 de agosto de 2019
Tribuna Digital
José María Ariño Colás

15/1/2019

Turismo y cambio climático

Aunque nos parezca sorprendente, cada vez es más importante la relación entre el turismo y el cambio climático. En esta sociedad del siglo XXI en la que el tiempo de ocio ocupa cada vez más horas, hay que hacer una parada en el camino y reflexionar sobre qué tipo de ocio queremos y cómo influye en nuestro tiempo libre el entorno natural al que cada vez nos acercamos más como huida del estrés de las grandes ciudades o simplemente como búsqueda de lugares más exóticos y menos castigados por el lastre inevitable de la industria y el progreso.

En Aragón el turismo de invierno está basado en dos actividades fundamentales: la práctica del esquí y los deportes de aventura, ya sea en la montaña, en los barrancos o en los valles más recónditos. En el primero de los casos hay que mirar continuamente al cielo y suspirar por ese regalo de la nieve que, de momento, no acaba de llegar.  En lo que se refiere a los deportes de aventura hay que mimar el paisaje, cuidar el cauce de nuestros ríos, mejorar los accesos y apostar por una mejora del entorno natural.

Porque está claro – y casi nadie lo pone en duda – que el cambio climático ha venido para quedarse. Lamentablemente, las tradicionales cuatro estaciones del año se solapan y se desdibujan, las lluvias con cada vez más escasas y en ocasiones torrenciales, los incendios castigan con frecuencia el medio natural y la temperatura, salvo raras excepciones, suele ser superior a la media en los últimos años, tanto en invierno como en verano. Todos estos factores, además de la progresiva contaminación del aire y de las aguas, repercuten en la conservación del entorno natural privilegiado que posee nuestra comunidad autónoma. Tanto los Pirineos oscenses como la Ibérica zaragozana y turolense ofrecen enclaves naturales que hay que cuidar si queremos que las futuras generaciones disfruten del agua, de la nieve o de parajes como el Parque Natural de Ordesa, el Moncayo o el Monasterio de Piedra.

En estos primeros días del año 2019, cuando los buenos propósitos se aúnan con las reflexiones y los acontecimientos más relevantes, hay preocupación por la escasez de nieve en nuestras montañas y en nuestras pistas de esquí. Esto repercute no sólo en la economía de la zona sino en el cambio de hábitos tanto de los habitantes del entorno rural más cercano como de los que se desplazan los fines de semana. Han pasado fechas muy importantes para el turismo de montaña y la nieve sigue sin llegar. Además, las temperaturas diurnas han sido bastante inusuales y la inversión térmica ha dificultado la fabricación de nieve artificial. Ante esta situación, que contrasta con la de la temporada anterior, muchos se preguntan si no habrá que buscar ya una alternativa a este deporte de alta montaña antes de que sea demasiado tarde.  

Lo que está claro es que el deterioro del paisaje es progresivo, al margen de las escasas nieves invernales. Y si no que se lo pregunten a los vecinos de Ejulve, Aliaga y Montoro, que aún contemplan con tristeza el paisaje desolado que dejó el incendio de 2009 en el que ardieron más de 18.000 hectáreas de pinares, sabinas y campos de cultivo. Aunque, al parecer, el incendio se produjo por un descuido humano, su rápida propagación de debió a unas inusuales altas temperaturas y a un viento cálido más propio de otras latitudes. Han pasado casi diez años y los que nos acercamos por esa zona privilegiada hemos podido comprobar que aún quedan los esqueletos de muchos pinos sin recoger, que todavía hay muchos montes por repoblar y que habrá que esperar varias décadas para volver a disfrutar de un paisaje verde, lozano y acogedor. Hay iniciativas para repoblar estas zonas. Hay que valorarlas positivamente, pero quizás no sean suficientes.

 


* Doctor en Filología Hispánica